Cuento mixe del Maíz: «La familia que ofendió al maíz»

Cuento mixe del Maíz: «La familia que ofendió al maíz»

Narrador: Sr. Gustavo Antonio, 70 años. Santa María Alotepec, Mixe, Oaxaca. / retomado publicación de: Felix Reyes.

«Se dice que hubo una vez una familia muy rica, que cada vez que rozaba y sembraba cosechaba grandes cantidades de maíz, frijol y calabaza. Y que, además de beneficiarse de todos estos productos, también cosechaba suficiente caña, plátano, café, chile, yuca, camote y diversos tipos de fruta.

Era una familia muy próspera que, además, tenía varios animales de carga y ganado vacuno, y empleaba a muchas otras personas para la realización de las actividades cotidianas, así que esta familia tenía lo suficiente para vivir cómodamente sin pasar ningún tipo de necesidades.

Un día resultó que, confiado en la abundancia de su riqueza, la próspera familia empezó a faltarle al respeto a los diversos productos que los dioses le daban. Ni los padres ni los hijos recogían ya los granos de maíz, frijol y calabaza que caían al suelo; incluso, entre sus prisas, iban y venían sobre ellas pisoteándolas. Y cada vez que barrían ni siquiera se molestaban en escoger las semillas que se encontraban entre la basura antes de tirarla, es decir, tiraban la basura con todas las semillas que había entre ella. Ni el señor ni su esposa tenían ya respeto a las semillas que constituyen la base de nuestro alimento diario, tampoco pedían a sus hijos tuvieran el cuidado necesario hacia ellas. Ya no celebraban rituales de ningún tipo durante el proceso de cultivo de la milpa.

Así continuaron, con la misma actitud, sin que nadie se preocupara en enmendar sus errores para respetar y pedir perdón a las semillas y a los mismos dioses que las envían para nuestro sustento cotidiano.

Posteriormente, la actitud del campesino llegó a tal grado que empezó a despreciar las mazorcas, ejotes y calabazas un poco dañadas; incluso, prohibió tajantemente a sus trabajadores recogerlas en los campos de cultivo pues consideraba que no eran dignas de ser consumidas por él y su familia, ni siquiera por sus animales.

Con el paso del tiempo y ante la indiferencia de aquella familia que nunca sintió la necesidad de pedir perdón y corregir sus errores, las semillas, se sintieron ignoradas, menospreciadas, ofendidas, así que, poniéndose de acuerdo entre ellas, poco a poco empezaron a retirarse de los campos de cultivo y de la casa de aquella familia. Después de algunos años, las semillas se habían ido casi por completo. Las semillas se sintieron profundamente ofendidas, sobre todo las de maíz cuyas semillas son las más delicadas, y se quejaron ante los dioses que son quienes las mandan a la tierra para ser alimento de los seres humanos y los animales.

De las semillas que cultivamos, todas son sagradas y merecen el mismo grado de atención y respeto; pero, de todas ellas, las de maíz son las más delicadas y requieren ser tratadas con mayor cuidado ya que son ellas las que nos sostienen y nos sustentan día con día, por lo cual son las más indispensables. A consecuencia de lo anterior, el campesino y su familia comenzaron a empobrecer pues aunque sembraban las cosechas ya no se daban del mismo modo como se daban anteriormente.

Cada año era menos la cantidad de maíz, frijol y calabaza que cosechaban. El hambre, las enfermedades y las preocupaciones empezaron a llegar a su casa. Cada vez se escaseaba más y más la comida, la salud y la alegría, hasta que, con el paso del tiempo, quedaron hundidos en la más extrema pobreza.

El hombre vio deshecho su orgullo y se puso a rogar a las semillas y a los dioses para que lo perdonaran por sus actitudes irrespetuosas. Ante sus ruegos y lamentos, los dioses se apiadaron de él y su familia y llevaron a aquel hombre a la casa de las semillas para que éste pudiera hablar directamente con ellas con la mediación del Dios Trueno. Una vez estando allí, en presencia de las semillas de las diversas especies de maíz, el Dios Trueno pidió a las semillas explicaran aquella actitud.

Las semillas de maíz dijeron que ellas habían decidido retirarse de los campos de cultivo y de la casa de aquella familia por las actitudes groseras e irreverentes de los miembros de ésta ante ellas. El hombre se disculpaba repetidas veces e imploraba su perdón. Las semillas decían que aquel señor no era digno de ser perdonado y que no volverían más con él porque no estaban dispuesta a seguir soportando sus irreverencias.

Koonk Aanääw, El Dios Trueno, viendo el sufrimiento de aquel pobre hombre pidió a las semillas de maíz reconsideraran su actitud y dieran a aquella familia la oportunidad de enmendar sus errores. Por su parte, las semillas de maíz se negaban rotundamente a regresar con aquel señor. Entonces, el Dios Trueno pidió una a una a las diferentes especies de maíz que hicieran el favor de acompañar a aquel hombre y su familia a su casa, que allí iban a ser bien recibidas y que, de ahora en adelante, serían tratadas con todos los respetos y honores que se merecen.

Así, pidió al maíz blanco regresar con aquel hombre a su casa y sus campos de cultivo y el maíz blanco se negó rotundamente a ello diciendo que aquel señor tan orgulloso y engreído no era digno de compasión. El Dios pidió entonces al maíz morado ir con aquel pobre campesino y el maíz morado dijo que no, que aquel señor era demasiado soberbio e irreverente y que éste no estaba dispuesto a seguir tolerando sus groserías. Entonces, el Dios Trueno dijo al maíz pinto que se compadeciera de aquel pobre hombre y que lo acompañara a casa nuevamente y el maíz pinto dijo que no, que él no permitiría que le siguieran faltando al respeto como tantas veces lo había hecho aquel hombre y su familia.

Ya sólo quedaba el maíz amarillo, el llamado pënuutsy en lengua ayuuk. Koonk Aanääw, El Dios Trueno pidió, entonces, al maíz amarillo que volviera a casa de aquel pobre hombre. El maíz amarillo tampoco quería volver ni a los campos de cultivo ni a la casa de aquel hombre extremadamente altivo y arrogante. El pobre hombre rogaba el perdón y la compasión del maíz amarillo y le suplicaba que volviera con él y con su familia, prometiéndole que de ahora en adelante lo tratarían bien, que lo iban a valorar y a respetar como era debido y que le celebrarían los rituales necesarios presentándole las ofrendas correspondientes. Finalmente, ante la insistencia de los dioses y los ruegos de aquel pobre hombre, el maíz amarillo se apiadó de él y aceptó acompañar a su casa a aquel pobre campesino no sin antes advertirle que ante otro comportamiento similar de su parte, se retiraría de él y su familia para siempre. El pobre campesino agradeció la intervención del Dios Trueno y la disposición del maíz amarillo por haberle dado la oportunidad de albergarlo nuevamente en su casa. El maíz amarillo volvió a los campos de cultivo y a la casa de aquel hombre.

Así, celebrando los distintos rituales que se ofician durante las distintas etapas del proceso de cultivo del maíz y respetando en gran medida a las semillas, éste y su familia volvieron a tener este grano sagrado de regreso en sus campos y en su casa y con ello lo más preciado e indispensable del alimento y sustento diario.

Comentarios:

La variedad pënuutsy, en varias comunidades ayuuk de la zona media, es una especie de maíz cuya mazorca es relativamente pequeña con granos de color amarillo. Éste es el maíz más noble, más sencillo, más humilde; no es tan delicado como las otras variedades de maíz; siendo así, es el que se da en climas y tipos de suelo más variados pues igual se da en zonas frías que en zonas cálidas y tampoco tarda mucho en salir y estar listo para ser consumido.

El maíz es altamente sagrado y, por lo mismo, bastante delicado y se ofende, se entristece en extremo cuando se siente despreciado e, incluso, llora ante la actitud grosera de la gente que no lo valora, aprecia y respeta, porque es un regalo de los dioses para los seres humanos y los animales: en suma, es el alimento diario y la vida misma pues de ello estamos hechos. El maíz es también alimento para los mismos dioses, de allí que siempre se ofrezcan en los rituales pues constituye uno de los principales componentes de las ofrendas que se depositan en los sitios sagrados.

Las plantas y los animales, al igual que la tierra y los elementos de la naturaleza como el agua, fuego lluvia, viento y el mismo tiempo y espacio, escuchan y entienden el lenguaje humano. No se les debe ofender ni con las palabras ni con los actos. No debemos pelear ni discutir por ellos o delante de ellos pues pueden molestarse y castigarnos o irse, abandonándonos a nuestra suerte, con lo cual pasaremos hambre y otras necesidades pues, aunque les roguemos que vuelvan con nosotros no querrán volver más a nuestro lado, con lo cual quedaremos en la orfandad y la pobreza; esto es, padeciendo hambre, preocupaciones, enfermedades, entre otras desgracias que nos llevarán sin remedio alguno a nuestra descomposición y muerte.

Los productos alimenticios que nos otorgan nuestros dioses no deben ser despreciados por algún defecto en su forma o consistencia. En cuanto cae una semilla al suelo hay que levantarla inmediatamente o en cuanto veamos alguna tirada por el camino, igual, hay que recogerla para colocarla junto a sus compañeras porque está estrictamente prohibido pisarlas o ignorarlas. Cuando se barre, de les debe sacar de entre la basura antes de tirar ésta, no se les debe desechar y mucho menos quemar. Porque ellas también sienten, se entristecen y lloran.

De igual modo, cuando se les trata bien, se les habla y se les respeta, como es debido, estarán felices y vigorosos, nos apreciarán y estarán dispuestos a acompañarnos siempre, de modo que nunca nos dejarán sufrir.

Es así como sabemos que las semillas son divinas, así que se les debe hablar respetuosamente; se les debe agradecer su compañía y ayuda y también se les debe pedir perdón ante cualquier error de nuestra parte. Se les pide que no se vayan, que no nos abandonen, que nunca hagan falta en nuestra casa para el sustento diario de nuestras familias.

Actualmente, el maíz amarillo es la única variedad de maíz que se da un poco más en nuestros terrenos de cultivo; las demás variedades se dan menos, desde aquella vez que éstas decidieron retirarse por la actitud irrespetuosa de aquella familia que no supo valorarlas. Por eso ahora se procura valorarlas y respetarlos lo más posible. En cuanto se le ve en el suelo hay que levantarlas inmediatamente, no se les debe pisar; no se les debe tirar o desechar entre la basura mucho menos quemar. Cuando se les cultiva se debe celebrar los rituales correspondientes: al iniciar la preparación de los terrenos; al depositarlos en el seno de la tierra; al culminar el espigueo de las plantas, y en el momento de iniciar la cosecha.

Esto es para agradecerles el hecho de que estén en nuestros campos de cultivo y en nuestras casas. Son nuestras invitadas de honor y huéspedes distinguidas, por lo que es un verdadero honor albergarlas en nuestras casas. Estas semillas son un regalo de nuestros dioses y son ellas quienes nos dan la existencia y la vida. No valorarlas y no respetarlas es no valorar y no respetar a nuestros dioses, a nuestros ancestros y a nosotros mismos. Los dioses que los envían son Xëëw, el Sol, Po’o, la Luna, Aanääw, El Trueno, Wëtsuk, El Rayo, Tuu, La Lluvia, y Poj, el Viento, y se concreta con la ayuda de Nääxwiinyëtë, La Tierra, la que es Tääk-Tsi’tsk, Madre-Senos. Son estos seres divinos los que nos sostienen, los que nos sustentan; quienes nos dan su calor, su luz; quienes hacen posible nuestra existencia.

LIBRO: REYES GOMEZ, JUAN CARLOS. COSMOS Y RELIGIÓN DEL PUEBLO AYUUK. Pág. 134

 

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